Opiniones
OPINIÓN: Claridad.

Autor: Jorge Orellana L.

Medio: Cambio 21.

-Definitivamente ¡Se fragmentó el grupo! – sentenció con gravedad P
-Así parece – respondo a mi amigo mientras trotamos – y yo creo, prosigo, que la razón obedece a que nos cuesta expresarnos con claridad.
Somos un grupo de seis individuos diversos – dos mujeres y cuatro hombres – que desde hace varios años nos reunimos el día domingo y ocasionalmente el sábado para correr durante un rato y conversar durante el trote, sacando provecho cada uno, justamente de nuestra diversidad. Siendo el trote una actividad personal, se disfruta a una cierta velocidad diferente para cada uno, por lo que ha sido nuestra buena disposición para continuar unidos la que nos ha permitido superar diferencias de carácter más bien menor, pero…, ha surgido un inconveniente que amenaza con fragmentarnos.
-¡No seré dama de compañía de nadie! – reclama entre jadeos mi amigo.
-Puedo entender la libertad de cada cual, pero interpreto que en esta oportunidad se ha superado un límite ético, y es aquello lo que me abruma. Y continuamos en silencio nuestro trote.
En un grupo heterogéneo como el nuestro, surgen diferencias al acordar el horario y lugar del encuentro, el recorrido, la elección de un restaurante o el destino de una ciudad para visitar y correr. Tales inquietudes podrían resolverse fácilmente si decidiéramos con anticipación cada uno de los aspectos inciertos, pero… nuestros egos atentan contra ello. Anteponemos nuestra postura a la del resto, y así, en vez de transar en beneficio del grupo, cada uno, pretende cada domingo, imponerse al resto.
-¿Porqué? – me interroga, ¿Te molesta que O, C y J hayan elegido otro entrenador?
-¡No! Al contrario, eso me parece oportuno y responsable, considerando que O y J correrán su primera maratón. Necesitaban comprometerse con un entrenamiento riguroso y disciplinado, y aun creyendo que E, podía proveerles aquello, entiendo que alguna misteriosa razón los llevara a elegir otro entrenador, pero… lo que no puedo entender es que antes no se lo advirtieran a E, quien siempre se sintió responsable de esa función en el grupo, asumida por ella en forma incondicional y generosa.
-A mí lo que me molesta – alega mi amigo – es que corran por su cuenta el sábado y me llamen después para que los acompañe el domingo.
-Yo concluyo – que al elegir otro entrenador sin avisarnos – han trasgredido un concepto de lealtad, y presumo que aquello desmembrará el grupo.
-¿No estarás siendo muy rígido? ¿Porque…? ¿Cómo seguimos entonces?
-Puestos en esta encrucijada no hay otra salida que la de reunirnos, emplazarnos con claridad, y conversar hasta superar las discrepancias.
-¿Y qué pasa si el diálogo se torna hosco y las diferencias crecen hasta hacerse irreconciliables?
-Es el riesgo por alcanzar el magnífico estadio de la amistad, que Platón define como el afecto puro, desinteresado y recíproco, fundado en aprecio y confianza mutua, y creo que aquello solo puede lograrse cuando ante un conflicto, cada cual plantea su postura con franqueza. Si sorteamos con éxito ese encuentro, se afianzará nuestra amistad, pero si ocurre al revés, habremos descendido un peldaño en la larga escalera que lleva a una amistad plena.
Y seguimos corriendo en silencio… pensando quizás en lo complejas que suelen ser las relaciones humanas.
Asisto a un taller sobre fraternidad y relaciones en un movimiento, al que, ajeno siempre a la militancia, hoy quiero incorporarme, con la intención supongo, de contribuir de alguna forma al proyecto de su líder, cuyo pensamiento creo que interpreta con fidelidad el Humanismo Cristiano encarnado por la fragmentada DC, y a quien, sin conocer, me vincula solo la imperativa fuerza de las ideas.
El reloj marca las seis de la tarde y yo conduzco hacia el lugar de la reunión, una casa amplia, localizada en la Comuna de San Miguel, de espontáneo crecimiento desordenado, en la que percibiré que flota en cada habitación, la hospitalidad jovial de su dueño. Dejo la autopista y viajo hacia el sur por la Gran Avenida, distingo desde el auto el nombre de la calle y los recuerdos me agasajan el alma. La tarde se hunde en el ocaso y el barrio por el que han pasado 50 años, a mí me parece que vuelve a ser el de ayer, y me interno en el misterioso placer de mi melancolía…
Año 1968, tres adolescentes – sureños todos – éramos acogidos cada fin de semana por la cálida hospitalidad de un cuarto compañero de internado. Observo las calles y aún con todos sus cambios, persiste en ella, el aura que alienta mi nostalgia. He venido con tiempo, me evado y giro por la calle en busca de la casa en que acuñamos sueños, observo los edificios tratando de reconocer los locales a los que acudíamos por cigarrillos, identifico el salón de pool, en el que entre jubilosas risas disputamos tantos partidos.
Acariciadores, los recuerdos regocijan mi espíritu. ¡La casa no está! Un sórdido muro de ladrillo se antepone a ella y no puedo saber si existe o el tiempo pasado se la ha llevado con él. Vuelvo la mirada y me encuentro con la casa de una de las chicas que acudía a las inocentes fiestas que improvisábamos, y su imagen junto a la mía de entonces – caminando a nuestros cándidos quince años tomados de la mano en una tarde fría y hermosa hacia un cine al centro de la ciudad – termina de endulzarme el alma con los recuerdos del barrio de maravillas por el que vuelvo a transitar, aventurado hoy, en una ilusión distinta, pero tan extraña y novedosa como la de aquella vez.
Descubro la casa del taller, justo cuando van entrando los organizadores, y no deja de llamar mi atención, que atraído hasta aquí por una motivación política, me encuentre participando en un taller orientado a fraternizar en nuestras relaciones, que era justamente el texto elegido en cuanto a nuestro grupo de trote.
Nos encontramos en una gran sala, que en apariencia el dueño de casa ha destinado a una sala de juegos, porque cuando veo frente a mí las coloridas bolas de pool, caigo en cuenta que me apoyo en una mesa cubierta con un enorme mantel, y el paño verde que atisbo curioso, y que cubre la superficie, vuelve a remecer mi añoranza.
Personas distintas, de distintas edades, de distintos lugares, de distintos orígenes y género, reunidas en una tarde de viernes motivadas por un común interés: el movimiento y la forma de relacionarse en política, que suele oponer dificultades, como en todas las organizaciones en que sus integrantes se afanan en la búsqueda del legítimo y codiciado poder. ¿Qué pensará el líder que ha convocado al disonante grupo, anhelante por descubrir aquí una esperanza?
Con voz pausada, el especialista ofrece lecciones que permitirán al grupo una mejor convivencia. Se esmera con paciencia de hombre que conoce su oficio y se afana en compartir sus técnicas que la audiencia recoge con interés. Habla de la necesidad de escuchar y de meditar antes de responder. ¡Controlar las emociones! Ponerse en el lugar del otro, agrega alguien. Plantearse con sinceridad, comenta otro, y yo lo apoyo, señalando que una parte en conflicto debe emplazar a la otra para alcanzar la verdad absoluta, pero olvido la primera regla y no me expreso en forma reflexiva, esto es en el tono y la lentitud adecuada.
No me doy a entender, pues un rato después detecto que mis palabras se interpretaron como una propuesta por imponer la propia verdad, en circunstancias que lo que he querido decir es que ambas partes deben tratar de alcanzar esa verdad absoluta, que defino como la verdad consensuada, aquella que surge de la discusión fraterna, y que si no somos capaces de alcanzar, debe ser hurgada con ayuda de un mediador, pues todos nos sentimos dueños de una verdad parcial y será la claridad para alcanzar esa verdad absoluta – de la que cada uno posee solo una proporción – la llave que abrirá el cerrojo de nuestros extravíos para decantar en el fortalecimiento de nuestra amistad.
Refugiado en la plácida canción “Winter World Of Love”, en la melodiosa voz de Engelbert Humperdinck, me remonto a ese apacible escenario, y conmovido por la pureza de aquel incipiente amor juvenil, escribo este texto, y la escritura de esta crónica me humaniza y tal vez, hasta modere – ante mis amigos corredores – la rigidez de mi conducta hacia ciertas materias que procuraré investir de indulgencia. ¡La asistencia al taller me ha enseñado! Y percibo el duro desafío para nuestro líder, ojalá disponga de fuerza y sabiduría para unir al grupo en un fraterno desarrollo, y aunar tal espíritu, para replicarlo al vilipendiado concierto nacional.
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