Opiniones
Presencia global de Chile y sus embajadas.

Autores: Soledad Alvear, Excanciller; Cristián Barros y Alberto Van Klaveren (Exsubsecretarios de RR.EE.); Francisco Orrego B. (Abogado y director De Empresas); Francisco Cruz F. (Abogado y Exembajador). | Medio: El Mercurio.

Cinco firmantes: “…a veces la sola presencia de una embajada puede significar en el tiempo un activo histórico o político que nunca competirá con la estadística comercial o el ‘retorno’ en bienes y servicios para Chile…”.

El debate instalado por el anuncio de cierre de embajadas en Europa, África y Oriente, y del cual este mismo diario nos ha entregado un reflexivo editorial, nos anima a aportar una visión común y transversal.

Más allá de los cierres en cada caso particular, y cuyos argumentos entregados hasta ahora parecen dejar más interrogantes que respuestas, se nos presenta como país una oportunidad privilegiada para albergar una discusión más profunda sobre una estrategia de largo plazo para la representación y promoción de Chile, que incluya un procedimiento participativo y transparente para la toma de decisiones, especialmente considerando los desafíos que se vienen para las relaciones internacionales pospandemia.

Nadie desconoce que es el Presidente de la República quien conduce la política exterior; sin embargo, las vinculaciones diplomáticas son complejas e incluyen a empresarios, comunidades, circuitos académicos, grupos parlamentarios, contrapartes culturales y científicas, y un largo etcétera de complicidades entre países, complementarias a la formalidad oficial, en un fecundo tejido relacional que se construye en el tiempo.

Un aspecto clave en esta consideración dice relación con el proceso de decisiones. Cabe entonces preguntarse sobre el diálogo previo sostenido en torno a los intereses recíprocos existentes con estos países y cuál es la hoja de ruta para que dichos intereses se desplieguen a través de nuevos instrumentos, instituciones o formas de diplomacia pública.

Y es que la densidad argumentativa de una medida también está íntimamente relacionada con la forma en que ese anuncio se da a conocer. Eso no solo permitiría imprimirles más legitimidad a las posiciones que se adoptan, sino también construir una narrativa de nuestros vínculos diplomáticos, más sofisticada e integral, con justificación histórica y un plan a futuro.

Un segundo aspecto es el de los discutidos efectos de la decisión de cierre.

Aparte de lo que se ha dicho sobre la gravitación de Chile en un nuevo orden global, donde lo que se busca es crear equilibrios a través de una presencia multilateral pragmática y prospectiva, y sobre potenciales afectaciones a nuestro rol en la UE, existen asimismo dimensiones multilaterales distintas y adyacentes que deben atenderse, como es el rol que juegan, por ejemplo, los países nórdicos en la ONU, o el ascendiente en el mundo árabe, donde la construcción de puentes y consensos pasa por aproximaciones colectivas a países “like-minded”.

Se trata de una mirada estratégica donde a veces la sola presencia de una embajada puede significar en el tiempo un activo histórico o político que nunca competirá con la estadística comercial o el “retorno” en bienes y servicios para Chile.

En síntesis, hay países que, sin ser socios cercanos en el ámbito comercial, desempeñan un papel relevante en continentes e instancias en las que interesa marcar presencia.

Lo anterior no implica inmovilismo. Por el contrario, la rapidez con que evoluciona el mundo, el impacto de la globalización y el dinamismo de las relaciones internacionales nos imponen el reto de revisar periódicamente esta estrategia.

Y aquí hay un dato factual. En los últimos 30 años, Chile ha consolidado una política exterior de Estado orientada a sumar presencia global y no a reducirla. La lógica ha sido diversificar presencia en el exterior y también por áreas de representación, como es el caso de los consulados y red de agregadurías, una zona donde puede innovarse e invertir en un replanteamiento sin sacrificar el corazón político del lazo bilateral.

Por último, no podríamos concluir sin hacer una referencia a la diplomacia del futuro, aquella que nos debe unir y convocar más allá de nuestras legítimas diferencias.

Esa diplomacia con desafíos de ser cada vez más eficiente, ciudadana y apegada a estándares de cumplimiento, con una planificación, indispensable en política exterior, que incluya estudios, evaluaciones y propuestas.

Una diplomacia moderna que aproveche las nuevas tecnologías, que capitalice el aprendizaje que la pandemia nos ha impuesto en el uso de conferencias a distancia y que priorice la profesionalización del Ministerio, entregándoles a diplomáticos de carrera, profesionales y técnicos de Cancillería un espacio de desarrollo y estabilidad por sobre los ciclos políticos.

Soledad Alvear
Excanciller

Cristián Barros
Alberto Van Klaveren

Exsubsecretarios de RR.EE.

Francisco Orrego B.
Abogado y director De Empresas

Francisco Cruz F.
Abogado y Exembajador
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