Opiniones
OPINIÓN: Democracia y Populismo

Autor: Soledad Alvear. Medio: La Tercera.

Democracia y populismo.

Ha sido bajo gobiernos democráticos donde la humanidad ha experimentado las más importantes mejoras en calidad de vida, extendido derechos políticos a grupos históricamente ignorados, y vivido sus períodos más pacíficos. Sin embargo, los estantes de las librerías hoy se inundan de libros preguntándose si la democracia podrá sobrevivir al Siglo XXI y al populismo.

 

El auge de este último interpela a quienes pertenecemos a la tradición política humanista cristiana. Ya en otro tiempo, representantes de ésta supieron enfrentar con liderazgo moral las amenazas del populismo -basta leer las reflexiones del joven Frei en su viaje a la Italia de entreguerras-, pero, a la vez, plantear una alternativa al mismo. Hoy, también somos llamados a leer los “signos de los tiempos”, para corregir lo que se debe y liderar con convicciones.

 

Mientras el populismo instrumentaliza las banderas de la justicia social, para concentrar el poder y los privilegios en sus líderes y círculos afines, los políticos humanistas cristianos deben bogar por políticas innovadoras y sustentables desde un punto de vista ambiental, social y financiero, que promuevan una economía del bien común, desconcentren el poder económico y las oportunidades, generen trabajos dignos y significativos que se adapten a las necesidades del Siglo XXI, y enfrenten la “cultura del descarte” de la que habla el Papa Francisco, que golpea especialmente a los jóvenes.

Por otro lado, la apelación a la idea de identidad y comunidad propia del populismo tiene parte de verdad: los seres humanos no somos abstractos. Requerimos de vínculos entre nosotros, con nuestros barrios, con nuestra nación. Los humanistas cristianos tenemos una matriz comunitaria que aboga por esto, pero, en vez de “mirar por el retrovisor” a una imagen idealizada e inmutable del pasado y la identidad, construida en oposición a otros, el cristianismo es futuro y apertura. La multiculturalidad en nuestro país y el mundo no va a detenerse, y debemos acoger los aportes de distintos grupos que -como muestra la historia de Chile- enriquecen nuestra identidad viva. Para eso requerimos liderazgos firmes en el respeto de toda persona humana, y educación en tolerancia y valoración de la diversidad.

Finalmente, ante el discurso populista de que los gobiernos “vuelvan a tomar el control frente a los intereses internacionales”, los humanistas cristianos creemos firmemente en el control democrático y ciudadano de las políticas, que no deben responder a otros intereses distintos del bien común. Pero, también, debemos defender, encauzar, y revigorizar los entendimientos internacionales. No hay otro modo en que como humanidad podamos abordar eficazmente desafíos como el cambio climático, la movilidad humana y la desigualdad.

 

Los humanistas cristianos podemos entonces echar mano a nuestra rica tradición, para revitalizar la causa democrática.

 

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